Nadie sabía que ese viaje sería una despedida. En abril de 1998, Linda McCartney se encontraba en un hospital de Londres enfrentando la etapa final de un cáncer de mama. Con un hilo de voz le hizo una última petición a Paul: «Llévame a Arizona, al rancho». Paul actuó de inmediato, alquiló un avión y la llevó a su rancho cerca de Tucson. Linda quería ver a los caballos una vez más, sentir el sol del desierto y estar en un lugar tranquilo, rodeada de silencio. Pocos días después, Linda murió allí mismo, Paul le sostenía la mano y sus hijos estaban a su lado. Desde ese día Paul mantuvo el rancho exactamente como ella lo dejó, han pasado 26 años y no ha cambiado nada. «Era el lugar donde ella quería estar al final», dijo Paul, «por eso es sagrado».
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